Rubén Sancho
  Españoles, el ciclismo ha muerto
 

Con el ciclismo me sucede lo mismo que con las primeras películas de Pedro Almodóvar, justo cuando me estoy emocionando por la técnica, por la pasión y por el acierto del director manchego, éste mete la pata con alguna escena fuera de lugar o alguna laguna argumental.

Tras una Vuelta a España impoluta y un Giro de Italia lleno de magia, los amantes del ciclismo nos habíamos vueto a enganchar a este deporte inigualable, capaz de ofrecernos la épica deportiva en todo su esplendor un día tras otro y sin solución de continuidad.

Sin embargo, este Tour de Francia nos está devolviendo a la realidad, esa cruda realidad que nos recuerda a cada momento que el dopaje es una práctica habitual y extendida entre todos los ciclistas, lo cuál nos ayuda a desmontar mitos y a renegar del ciclismo.

Primero fue Manolo Beltrán, un luchador que siempre se quedó a medias de todo, después vino Moisés Dueñas, un ‘don nadie’ cuyo único mérito es ser paisano mío, y hoy nos hemos enterado del más doloroso de todos, del de Ricardo Riccó.

Y duele más el del italiano porque se había convertido en nuestra nueva esperanza, en el nuevo Marco Pantani, ese ciclista que escalaba montañas como quién baja a comprar tabaco. Pero parece que Ricardo quiso imitar al malogrado Marco hasta en éso, hasta en el dopaje, y al igual que ‘el Pirata’, nos ha hundido en la más profunda de las miserias.

Pero lo más preocupante de estos casos de dopaje no es la manera en la que afectan al ciclismo actual, que lo hacen de manera evidente, sino la duda que siembran en los logros de mitos del ciclismo como Indurain o Armstrong (los grandes campeones en la era de la medicina deportiva), de los que nunca se sabrá si sus éxitos fueron resultado de su talento o, por el contrario, del atraso de las medidas de control contra el dopaje.

En cualquier caso, este Tour de Francia está dando el tiro de gracia al ciclismo.

Descanse en paz.

 
   
 
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