Rubén Sancho
  Llueve sobre mojado
 

El cielo llora, la ciudad descansa, el gato maulla en el callejón, la rata hurga en la basura, el hombre sueña con un futuro inabarcable, la mujer medita sobre un presente incierto y el niño descansa inocente arrullado por la melódica música de su juguete preferido.

El reloj marca las cuatro, pero el tiempo no avanza, algo lo detiene, tal vez una fuerza superior, tal vez las dudas de una mente confusa. El hombre ronca desconocido, la mujer le mira y recuerda un pasado propio que, ahora, parece ajeno.

Comienzos de ilusión, alquileres abusivos, hogares desvencijados, primera hipoteca, ilusión que torna en apatía, apatía que se disfraza de indiferencia, indiferencia que culmina en deseos, de huida, de libertad.

El sol amenaza con la primera claridad, la luna comienza a ceder su reinado, la mente se aclara, una idea toma forma, ella se levanta, no más, libre, toma a su hijo, la bolsa que escondió un martes del mes de abril, y sale, sin hacer ruído, del que un día fue su hogar, dejando una nota de justificación culpable.

En el horizonte el futuro, atrás el pasado, camina decidida hacia lo desconocido, esperanzador pese a lo incierto, comparación odiosa con un hogar que ya no sentía suyo.

El hombre se despierta, no sabe que su vida acaba de cambiar, encuentra la nota, por casualidad, sin buscar, la lee y suspira, no por pérdida, por liberación.

No hay culpables, el amor se desvaneció, ninguno sabe donde se marchó, pero sí que no volvió jamás. Ella encontrará un lugar anhelado, y él mantendrá su rutina, ambos en paz, sin rencores, solos, pero felices.

 
   
 
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