Rubén Sancho
  Declaración de Intenciones
 

                                    Un lugar llamado fracaso, de Rubén Sancho
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El día que soñé con ser escritor condené toda mi existencia a la palabra escrita, vendí mi alma a la literatura y ésta me exigió dedicación plena, sin medias tintas, sin excusas que justificaran la indolencia, sin razones para otra cosa que no fuera la escritura, pero yo sólo le devolví la mediocridad como bandera.

 

Ahora se toma cumplida venganza y me niega la esencia de su fruto, arrastrándome por el fango de lo fácil, las palabras conectadas para formar frases sin otro significado más allá que lo que denotan, sin un trasfondo que echarte a la boca, sin una ironía sobre la que construir castillos en el aire.

Y yo, incapaz de rebelarme contra tamaño poder, me limito a contemplar el tiempo ajado por las dolencias del alma y los achaques poéticos del bohemio reconvertido a burgués. Lanzo mi ira contra la nada y odio a todos aquellos que sí supieron estrujar los tinteros ficticios de su creación, por pura envidia, por malsana envidia.

Me dejo llevar por las calles de la perdición, junto a las alcantarillas de la sociedad buscando un barco salvavidas al que aferrarme, cuál clavo ardiendo, tratando de iluminar mi camino con los faroles de la intransigencia cultural que golpea mi creación día sí, día también.

 

Otrora hubiera llorado, hoy sólo maldigo por doquier a los que sustentan la hipocresía de nuestras letras.





 
   
 
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